Este es el arte shipibo-konibo de sanación que llega al Museo Fowler de la mano de sus creadores originales
De izquierda a derecha: los artistas visuales shipibo-konibo Sadith Esther Silvano Inuma, Ronin Arias Silvano y Olinda Silvano posan para una foto de grupo en el Museo Fowler, el miércoles 28 de octubre de 2026, en Los Ángeles, California.
Fue por eso que viajó a Cantagallo, un enclave indígena que, a pesar de no estar ubicado en la selva, sino en plena ciudad de Lima, se ha convertido en un reconocido bastión de resistencia de una comunidad cuyas prácticas han sido incorporadas al Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación por parte del Congreso de la República del Perú.
Una vez allí, la arqueóloga y curadora de origen peruano que hizo su doctorado en la Universidad de Harvard se reunió con Olinda Silvano, quien además de ser la líder de la comunidad y la representante más visible de los shipibo-konibos, es una artesana de carácter legendario.
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Gracias a esta colaboración, la muestra, titulada “Paths of Memory, Paths of Healing: Shipibo-Konibo Kené Art” (“Caminos de memoria, caminos de sanación: el arte kené de los shipibo-konib”), no estará únicamente conformada por cerca de 30 objetos (entre cerámicas y textiles) con orígenes que van desde los años ‘30 hasta los ‘70 y que provienen de colecciones privadas, sino que se verá coronada por un fastuoso mural creado por la misma Silvano y por dos familiares suyos, su hermana Sadith Esther Silvano Inuma y su hijo Ronin Arias Silvano, quienes han viajado con ella al Sur de California, donde se comunicaron con nosotros.
“El mural va a estar aquí a lo largo de 10 años; tendrá 7 metros de alto por 2 metros y medio de ancho, e incluirá tres paneles”, describió Cusicanqui en una reciente entrevista, cuando la obra no estaba todavía terminada. “El primero está dedicado a la tradición de ‘los antiguos’, es decir, las abuelas y los abuelos; el del centro, que está asociado al río, retrata la historia de Olinda, y el tercero se refiere a la Amazonía, al ayahuasca -que es la madre de todas las plantas- y a la anaconda -que es la madre de los animales-”.
Adicionalmente, el trabajo, fabricado con pintura acrílica, tendrá un marco hecho con pan de oro que aludirá a lo que está ocurriendo ahora mismo con el “Pulmón del Planeta” debido a la minería ilegal y la tala de los bosques; e incorporará el uso de colores neón para conectarse con la tradición muralista de Los Ángeles.
“Este mural viene de la espiritualidad, porque el arte es familia, el arte es terapia, el arte es sanación, el arte es todo”, nos dijo Olinda, antes de aludir a los cánticos (conocidos como ícaros) que ha grabado con Sadith y Ronin y que se escucharán también a lo largo de la muestra a través de parlantes estratégicamente colocados.
La exposición en sí se abrirá el 6 de noviembre, pero las actividades relacionadas a la misma ya se iniciaron. El pasado 24 de octubre, se llevó a cabo un taller interactivo de arte kené, el nombre genérico para englobar los diseños de los shipibo-konibos; y el 25 del mismo mes hubo una sesión de cuentacuentos.
Este 4 de noviembre, los tres ilustres invitados participarán en un conversatorio que se desarrollará desde las 5.30 hasta las 8 p.m. y cuya asistencia se encuentra ya cerrada, pero que tiene una lista de espera.
La sesión de narración de relatos tradicionales recayó en Ronin, quien, como él mismo señala, lleva un nombre que en español significa ‘Anaconda Fuerte’ o ‘Anaconda Poderosa’, y que viene trabajando con Olinda desde hace 10 años.
“Este arte siempre fue hecho por mujeres y transmitido entre mujeres de generación en generación, pero al trasladarnos a la capital, nos enfrentamos a nuevas problemáticas que produjeron un cambio de roles”, nos explicó el joven, que nació en Paoyhan, el pueblo selvático del que proceden también su madre y su tía, y que llegó a Lima cuando tenía 5 años. “Gracias a Dios, he tenido una maestra maravillosa que siempre me ha hablado de mis abuelos y de mi cultura”.
Pese a que llegó a la “Ciudad de los Reyes” a una edad tan temprana, Ronin recuerda que el cambio de paisaje le resultó abrumador. “En la selva, tenía esa libertad de correr, de saltar, de bañarse en el río y de treparse en el árbol como los monos para agarrar las frutas”, comentó.
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“En la ciudad, había muchos niños crueles que se burlaban de uno o que te ponían apodos por el hecho de ser un migrante”, agregó. “Pero tuve la enorme fortuna de tener a mi madre, que estuvo todo el tiempo conmigo, hablándome de los ancestros y contándome sus historias. Y claro, el arte también me ayudó a salir de esa oscuridad”.
Olinda tampoco fue ajena a los problemas inherentes al traslado. “Fue una lucha grande emigrar a la ciudad, no saber hablar [el español]”, dijo. “Sufrí, pero nunca me rendí, porque mi abuelo siempre decía que nunca hay que rendirse, aunque lo tengas que hacer llorando y rascándote”.
Por ese lado, la célebre artista recuerda el devastador incendio del 2016 que arrasó Cantagallo, la comunidad que ella misma había fundado en el 2000 al lado de los suyos. “Se acabó nuestro arte, y de esas cenizas, tuvimos que agarrar nuevamente energía”, relató. “Curamos ese dolor haciendo murales en diferentes puntos de Lima y viajando luego como invitados a México, a Canadá y hasta a Rusia”.
Olinda Silvano en otra imagen dentro del museo.
(Ronaldo Bolanos/Los Angeles Times)
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Momento de reflexión
Sadith, presente también en la entrevista con Los Angeles Times en Español que sirvió de base para este artículo, cuenta igualmente con una vasta trayectoria nacional e internacional, y ha cumplido diferentes roles dirigenciales.
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“Somos una comunidad muy unida que trabaja colectivamente y que practica un activismo cultural que nos permite llegar a más gente, para que conozcan nuestros saberes ancestrales”, precisó.
En medio de los pesares que han tenido que atravesar, los representantes de Cantagallo (que tuvo que ser reconstruido) defienden el positivismo y la entrega de su arte. Como lo dice Cusicanqui, el nombre de la exhibición resalta esta característica, porque el kené “cura y embellece lo que cubre con sus figuras geométricas”.
“La hemos colocado en una de las esquinas del museo, para que el público se tome el tiempo de reflexionar y de sentir la energía”, advirtió la curadora. “Son sensaciones que necesitamos definitivamente ahora mismo”.
Ronin, con su atuendo tradicional.
(Ronaldo Bolanos/Los Angeles Times)
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En nombre de los suyos
Más allá de hacer activismo cultural, Olinda y sus acompañantes practican también un activismo social, en respuesta a las dificultades que han tenido que afrontar como parte de una comunidad que ha sufrido no solo por el desastre ya citado, sino también por la falta de servicios públicos adecuados y por la ausencia de una denominación legal específica.
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La lideresa recuerda que, inicialmente, el arte que ellos creaban, y que es celebrado actualmente de manera internacional, era visto con menosprecio debido a que sus creadores no contaban con estudios académicos ni con pergaminos que los validaran.
“La nuestra es una profesión ancestral”, enfatizó. “No la hemos estudiado en el colegio, pero sí con nuestras maestras ancestras, que estaban llenas de sabiduría. Y ahora sí tenemos los ‘cartones’ necesarios, porque hemos ganado muchos premios y reconocimientos”.
Inevitablemente, la labor que desarrolla se tiene que conectar con lo que hacen las autoridades de diferentes partes del mundo en relación a la Amazonía, una zona que ha sido históricamente explotada por toda clase de intereses económicos.
“Efectivamente; el arte no solamente es cultural y social, sino también territorial”, retomó Ronin cuando mencionamos el tema. “Luchamos por nuestros bosques, luchamos por nuestra naturaleza en la Amazonía y, a la misma vez, en Lima, porque ya vivimos allí más de 26 años y hasta ahorita el Estado no nos reconoce”.
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Los que se aprovechan
El arte kené ocupó titulares periodísticos a finales del 2024, cuando la diseñadora limeña Anís Samanez lanzó una colección de lujo supuestamente inspirada en esta corriente que no contó con la participación ni mucho menos la aprobación de la comunidad.
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“La apropiación cultural ha ocurrido todo el tiempo, pero hoy en día, las mujeres shipibas se han levantado para pedir respeto”, dijo Sadith. “No estamos en contra de las colaboraciones, porque el diseñador necesita de una artesana y la artesana necesita de un diseñador; pero no puede ser algo que venga de una sola parte, y menos de la que está arriba”.
“La mujer shipiba no copia, porque su inspiración fue heredada”, prosiguió. “Cuando me manifesté al respecto, pensé que iba a recibir solo respuestas de ‘haters’, pero hubo muchos que me apoyaron”.
El asunto de la apropiación se ha extendido a las clases sociales que antes rechazaban ciertas formas de la música popular peruana y que ahora las interpretan a su manera, aunque la misma Sadith asegura que todo está bien por ese lado siempre y cuando los artistas que recuperan canciones ajenas las difundan con los créditos necesarios.
“Está pasando también con nuestros ícaros, que están siendo ya comercializados, y que se vuelven a veces famosos sin que sus autores lo sepan”, precisó. “Son cantos muy bonitos que a veces hacen llorar a quienes los escuchan, porque vienen de la Madre Tierra y hacen que te purifiques”.
La curadora Solsiré Cusicanqui.
(Ronaldo Bolanos/Los Angeles Times)
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Los que callan otorgan
A veces, los mismos representantes directos de las comunidades amazónicas toman decisiones controvertidas , como acaba de suceder con Los Mirlos, convertidos en embajadores internacionales de la cumbia amazónica en los años recientes, lo que les ha permitido, por ejemplo, presentarse en Los Ángeles en numerosas ocasiones.
La agrupación de origen moyobambino, pero radicada en Lima, se colocó en el ojo de la tormenta luego de participar en el podcast de Carlos Mesia, un senador de Fuerza Popular, partido político vinculado a un fujimorismo que, en el pasado, encabezó actos de esterilizaciones forzadas con mujeres selváticas, y que en el presente, está tratando de modificar la Ley Forestal que protege dicho territorio.
“Si tú dices que eres un activista o un luchador cultural, tienes que demostrarlo también de la boca para afuera con tus acciones, y no solamente cuando te toca dar un concierto”, retomó Ronin ante la mención del asunto.
“Ellos mismos tuvieron la oportunidad de preguntarle al señor diputado por qué crea leyes en contra de nuestra selva, por qué no se respetan los derechos de los indígenas”, añadió. “Sin embargo, se quedaron callados y hablaron simplemente de su carrera artística”.
Finalmente, Olinda terminó la conversación en un tono conciliador pero todavía inquisitivo, luego de ser preguntada por lo que le gustaría que los asistentes a la flamante exposición obtuvieran de ella.
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“Les podemos decir que nunca se olviden de sus raíces, donde sea que se encuentren y sea lo que sea que les esté pasando, porque nuestros ancestros nos guían y nos acompañan”, sentenció. “Avergonzarse es como olvidarse de ellos, y eso duele, aunque sé que a veces lo hacen para evitar la discriminacion que existe en el mundo entero”.
“Cuando fui a Lima, a veces ni me dejaban subir en el carro, porque estaba pintada con el huito, que hacía que tus manos o tu cara se vieran oscuras”, comentó, en alusión a las propiedades específicas de una fruta tropical.
“Yo no era sucia, sino que estaba usando el tinte natural que nos enseñaron nuestras abuelas”, prosiguió. “Hasta mis propios paisanos me decían que ya no lo hiciera, porque estaba ahora en la capital; pero me mantuve en eso, y el tiempo me dio la razón”.
Escribe artículos de entretenimiento en Los Angeles Times en Español y lo hizo anteriormente en todas las ediciones impresas de HOY Los Ángeles. Previamente, trabajó como colaborador con el diario La Opinión. Inició su carrera periodística como redactor y luego editor del suplemento de entretenimiento “Visto & Bueno”, publicado por el diario El Comercio de Lima, donde hacía también críticas de cine.